—Entonces, ¿ya Diego no se embarca?—interrumpió María alegremente.

Y Eva se apresuró á decir:

—Sí, sí; está decidido á emprender el viaje, pero aguarda que se reponga el nene.

Se quedaron silenciosas las dos, y Lali, que ceñía con un bracito el cuello de su madre, preguntó con mucho interés:

—¿Va Tristanito al pueblo, á la casa aquella que está cerrada siempre?

—Sí, preciosa; vais á estar muy cerquita; los jardines lindan por una tapia de madreselva y boj—le replicó María.

—Ya, ya me acuerdo; es por aquel lado donde tú dices que siendo chiquitina jugabas mucho... ¡qué contenta estoy! Me asomaré á llamar á Tristanito entre las flores...

Cortó la niña su gozoso discurso como si un repentino temor le acometiese, y, con viveza encantadora, se acercó á Eva, afirmando:

—Yo no tiré á Tristán aquella tarde...

—No, hija mía—repuso la señora sonriente—, él sólo se cayó, porque es muy torpe, y á ti el susto te hizo llorar, ¡pobrecita!...