Y muy halagadora la dió un beso. Luego dijo, teniéndola abrazada:
—Allí, en la aldea, jugaréis libremente el día entero. Tristán te quiere mucho.
Alegre la chiquilla, se soltó de los brazos de la dama exclamando:
—Ahora mismo se lo voy á contar á doña Cándida y á Rosa.
Y batiendo palmas corrió fuera del camarín.
—Ya sé—dijo María—que en el Retiro los niños suelen verse, y que el tuyo se cayó la otra tarde... ¿Se hizo daño?
—Nada, mujer; pero como está delicado y mimoso, llora por cualquiera cosita... Tu nena se asustó. Los dos se quieren mucho.
—Cierto. Lali habla constantemente de tu niño... Y, díme, Eva: ¿no puedes evitar que Diego marche?
—No lo intento siquiera; es su deber probar todos los medios de salir adelante con la vida... Ya es hora que le cumpla.