—Pero un deber en forma de suplicio; un deber que te oprime y te maltrata... Tú me has dado un ejemplo de fortaleza y de valor, tan grande, que me has cambiado en otro hombre útil y valeroso. La desesperación que me consumía es arrogancia ahora; ya me siento capaz de acometer las empresas más altas, de luchar y vencer en nobles lides.
—Calla, calla; parece que deliras...
—Mi elocuencia te parece un delirio. A mí también me asombra esta divina fiebre de inspiración que late en mis palabras. Todo el tumulto de mis sentimientos se me agolpa en el corazón, encendido en la eterna llama del amor, y me siento feliz y poderoso.
—Estás alucinado, estás enfermo... Me vas á contagiar con tu locura—balbució María, presa de ansiedad y emoción.
—Estoy redimido por ti; el aliento ideal de tu espíritu ha penetrado en el mío, y esta comunión de nuestras almas me ha dado la fuerza. Has despertado el profundo sentimiento religioso que en mí dormía, el anhelo del sacrificio... Me has revelado mi propio corazón, alumbrándole con la luz de la verdad.
—Y en tanto el mío, va quedando en tinieblas...
—¿En tinieblas el tuyo?... No, María, nunca la sombra te podrá oscurecer.
—Pues tus palabras caen sobre mi vida como una niebla que me envuelve toda.
—Puede ser una niebla que te oculte los abrojos fatales del sendero.
—O el abismo que me acecha traidor...