—No; mi secreto ha volado á buscarte no sé cómo, no te debe inquietar; él te revela que por encima de todo dolor y de todo obstáculo hay quien sigue con amor y respeto las huellas de tu vida, que hay un hombre en el mundo á quien le duele en el alma la injusta suerte de una mujer tan noble y tan hermosa...

Trastornada, con las manos cruzadas sobre el pecho, ella exclamó:

—¡Dios mío!...

—Díme que no te ofendo con amarte de esta manera delicada y pura.

—¿Ofenderme?... Si me obligas á una gratitud inmensa, á una devoción constante... Pero temo que ofendamos á Dios.

—No temas nada. Este es un cariño amasado con todo lo más exquisito y noble que puede haber en el fondo de mi naturaleza, y que tiene, para mayor santidad, la levadura del dolor; es un desinteresado cariño que nada quiere para sí, que sólo pide un poco de clemencia á cambio del consuelo que te ofrece.

—Mis desgracias te atraen...

—Y tus virtudes; la hermosura admirable de tu alma; la gallardía con que llevas la cruz que te atormenta...

—Es mi deber...