—¡Qué alegría, que alegría tan loca!—exclamó Diego á solas con su alma.

—Ya no me compadezcas—dijo en seguida con expresión radiante—, soy dichoso.

Incrédula, María, replicóle:

—¿Dichoso?... No lo creo... Es que lo sueñas...

—¡Sueño divino del amor de un ángel!

—¿Amor?... ¿Amor?... ¡Ay, Diego, me da espanto esa palabra hermosa!... Yo te quiero como una hermana tuya; como tu compañera de infortunio...—Y en voz muy leve,—pero no con amor... de ese que dices—añadió suspirando.

—Pues yo—dijo el poeta, con un ímpetu entre plácido y fiero—yo te adoro desde que eras chiquita como Lali; creció mi amor contigo, y tus desdenes dormido le dejaron en mi pecho durante algunos años; ya despertó, María; está despierto, lozano como nunca, brota flores, lágrimas y cantares... Perdona si soy poco valiente y te lo digo en la primera hora bendita en que tus ojos me miran con piedad y con ternura... Perdona y no rechaces mi confesión...

—Tal vez te engañas, Diego—murmuró ella temblando.

—He querido engañarme suponiendo que esto que yo sentía eran sólo fuegos fatuos de la imaginación; el recuerdo personificado del valle montañés; algo de romanticismo nebuloso, de espuma sentimental; pero he sentido en el alma el estremecimiento de unas hondas raíces, la voz íntima y fuerte del verdadero amor, ese sublime arrebato de los sentimientos, ese alimento sobrehumano ansioso de la eternidad...

—Me das miedo; no hables así... Acaso yo misma provoqué tu confidencia... He sido una imprudente.