—Siempre me acuerdo.
Sosteniendo la mirada del poeta se le llenaron á María los ojos de lágrimas.
—¿Sufres mucho? ¿es de veras?—interrogó él, con anhelo piadoso.
—No cabe en las palabras lo que sufro...
—¿Por qué no me lo cuentas y te alivias?... Como hermanos hemos vivido aquí; ten confianza en mi amistad; ya sabes cuánto te quiero.
—Tú también sufres...
—Pero soy hombre, y puedo con mi pena y la tuya.
—¿Y te vas á marchar lejos y solo, cargado con dos penas?... ¡Pobre Diego!...
—Si tú me compadeces ya no seré tan pobre... ¿Tienes lástima para mí?
—¿Lástima sólo?... Y cariño también; y admiración; llorando he aprendido á quererte... Ahora sé todo lo que vales...