Y Gracián, muy atento, la invitó á recorrerle.

—Quédate tú conmigo—rogó á Diego, María.

Él, un poco turbado y muy alegre, sentóse al lado suyo mientras la otra pareja se alejaba.

Absortos en la plácida quietud del paisaje parecían estar los dos amigos; pero no, que miraban fijamente, obstinados sin duda en una idea, el camino que seguían Eva y Gracián.

Ya tocaron los paseantes el lindero del bosque; se internaron en él... se borraron en la sombra.

—¡Qué silencio!—suspiró María.

—Sí; ¡qué paz y qué belleza la del valle!

—El valle tuyo y mío... ¿No te acuerdas cuando éramos aquí los dos felices?

Ni ella puso en duda que Diego fuése ahora desgraciado, ni él trató de negar que María fuera infeliz. La miró á los ojos mucho, mucho, como aquella sola vez que en largo tiempo se acercó á mirarla, y dijo únicamente: