Señalándole á María el astro que bajaba por el cielo, Diego murmuró:

—Ya acude como testigo.

Y ella, seducida por la aparición encantandora, vacilante, repuso:

—Me haces perder el juicio. Eso que dices, ¿ha sucedido acaso, ó es un romance de los que tú inventas?

—Es un trozo de poesía palpitante que arranco de nuestra existencia, y te le ofrezco... Un romance parece por lo hermoso, y tú y yo le vivimos.

Sacudió la señora su cabeza rubia como para librarse de aquella fascinación, y afirmó luego:

—No se vive en romance; estamos hablando muchos desatinos... La vida es un tormento que hay que resistir con firmeza.

—¿Y si Dios nos envía el inefable consuelo del amor?

—Amor culpable Dios no le bendice.