—Yo no te ofrezco un amor condicional y transitorio, fiado á la hora presente, un amor de ocasión y de venganza que Dios no puede consentir; te estoy hablando de nuestra boda espiritual, del santo desposorio de nuestros corazones. El sufrimiento une las almas con lazos mucho más firmes que los de la dicha... ¡Deja que nos enlacen nuestras penas!
Sentada otra vez en el banco junto á Diego, con una voz adelgazada y lenta, María murmuró:
—¡Es imposible!
Y él, henchido de gozo al verla conmovida y vibrante.
—No tiembles—le decía—, no te asustes de mí; yo soy tu amigo y tu hermano, además de adorarte con toda mi alma de hombre y de poeta, con todo cuanto hay en ella de eterno y de divino... Estábamos predestinados el uno para el otro, y hemos peregrinado entre dolores para amarnos mejor y ser más buenos... Ya el destino se cumple y aquí estamos en la cita de amor, cita de boda...
María, con los ojos errantes en el cielo, abismada en deliquio sentimental, confirmó:
—Sí, se cumple el destino...
Ebrio de felicidad quiso el poeta besar las lindas manos de la dama, pero ella, volviendo de su éxtasis, le dijo con entereza y con dulzura:
—Ni siquiera la punta de los dedos.