Él entonces, humilde y reverente, se arrodilló á besarle el borde del vestido.
Hacia el lado del bosque se oyó rumor de risas y palabras, y María inquietóse murmurando:
—¡Ya vuelven!...
—¡Así nunca volvieran!—profirió Diego, y se levantó con el semblante húmedo, de lágrimas quizá, ó del rocío de algunas florecillas que al inclinarse acarició en la hierba.
Un suspiro de la noche se deslizó sobre los campos y aromó la vida.
En el celaje sereno se extendieron las estrellas con mansedumbre de bendición sacerdotal.
III
Horas intensas y milagrosas fueron para María las que siguieron á su «cita de amor» con el poeta.