Su ruego, triste y dulce, tenía arrullo de lágrimas, fervores de alabanza y de resignación, cálidos tonos de jurada promesa. Apenas le pronunció, el gozo de la paz descendió sobre ella y su alma, sana y fuerte, se apacentó á la luz de un divino consuelo.


IV

Alto el sol en los cielos, sintió María en sus manos, tendidas sobre la colcha, unos besos muy dulces y mimosos. Despertó sobresaltada... Le tembló en los labios un nombre, en pugna entre el sueño y la realidad; y, ruborizada, toda estremecida, miró alrededor. Los besos eran de Lali, que la contemplaba sonriente, en una larga caricia de sus ojos dorados.

—¡Hija mía!—murmuraron los labios temblorosos, y Lali quedó envuelta en abrazo frenético.

Sorprendida la nena por la vehemencia de aquel abrazo, preguntó:

—¿Me quieres más que ayer?

—Siempre más, ángel mío... ¡Si tú supieras cuánto!...

Abrió la niña anchamente los ojos, con gentil mueca de placer, diciendo: