—¡Qué gusto que me quieras así!

Besó otra vez las manos de su madre, trémulas todavía, y alzando sobre ella un dedito muy mono y chiquitín, la riñó:

—¡Dormilona; son las once del día, y tú en la cama!

Corrió al balcón entornado, y abriéndole, traviesa, el cuarto se llenó con sol de cielo y con sol de los ojos de la niña...

En la región abrupta de Cantabria el gozo del verano, breve y único en la naturaleza, se viste de alegría salvaje que arrebata y conmueve, por lo extraña en un país donde, igual que las almas, valles, montes y cielos tienen siempre un halo de pesadumbre, una luz de crepúsculo y ensueño que parece trenzada con lágrimas y nieblas por el ángel de la melancolía. ¡Y hasta en el pleno triunfo del estío, con el atardecer y la alborada, la cántabra tristeza se estremece en los paisajes y los corazones!

Nimbó á María el esplendor de julio radiando en su aposento, y poseída del inmenso alborozo de la hora, sintió que su existencia se llenaba de sol.

La pareció la vida nueva, dorada y sonriente como las pupilas de Lali; el valle era distinto, un valle de leyenda y fantasía, quimérico lugar donde las más acariciadas ilusiones tomaban forma y nombre en realidades llenas de poesía y sentimiento...

Tan bella como nunca, con fulgores de pasión y de heroísmo en el semblante, acudió María, horas después, al proyectado paseo de la jornada.

La víspera habían convenido Diego y Gracián en ir hacia Reinosa, por las hoces, que Eva no conocía.