Salieron á las cinco de la tarde, cuando ya en el hondo camino que iban á seguir había caído la sombra huraña de la cordillera.

En un grupo amistoso iban los cuatro, y hubiérase podido suponer que la dama morena y el galán caballero que la codiciaba, se divertían audazmente á costa de la señora rubia y el poeta, á juzgar por algunas miradas y sonrisas, algunas frases dobles y mordientes, saturadas de malicia y desdén.

Pero difícil era imaginar que detrás de la apariencia inofensiva de los don burlados, palpitaba una historia de gallardo amor, que era el tremendo desquite, la venganza providencial y magnífica de aquel mezquino antojo de Gracián y aquella loca vanidad de Eva.

Percatados de la mundana broma de que eran objeto, Diego y María saboreaban el encanto sutil de tener en sus manos el castigo de aquella burla tan vulgar y frívola; porque la posesión de la venganza que no se ha buscado ni se realiza, es un fino placer que no desdeñan los más delicados temperamentos... Grano de sal ática y sabrosa que sazona la vida, ¿á qué espíritu luchador y noble le habrá sido extraño?; en la eterna farándula del mundo su sabor agridulce pone siempre una amarga sonrisa de escepticismo, una mueca de piadosa ironía en las más bellas almas, bajo los apacibles antifaces...

Gracián, el poderoso, estaba ajeno de tener á su lado un goce superior que jamás gustaría. Ponderando la majestad augusta del paisaje, se encaró con Diego para decirle con protector acento algo insidioso:

—El ruiseñor montañés debiera de cantarnos esta hermosura espléndida...

Ya no era Diego el tímido doncel á quien Gracián confundía con sus ojos dominadores y su oratoria relumbrante; miró al buen mozo fijamente, y contestó muy serio:

—Estoy cantando.

—Pues no oigo nada...

—Porque estará usted sordo para ciertos cantares—dijo Diego con tal entonación que á Gracián se le quedó helada entre los labios una blanda sonrisa mofadora.