Para disimular su desagrado preguntó á las damas:

—Y ustedes, ¿oyen algún cantar?

—Yo también estoy sorda para cánticos—murmuró Eva á media voz.

María, un poco pálida, se estuvo silenciosa, tal vez escuchando la cantiga secreta; y por iniciativa prudente de Gracián, la conversación tomó distinto rumbo.

Pero quedó algo tirante la cordialidad entre los dos señores. Por encima de su carácter sereno y retraído, Diego devolvía á Gracián burlas y sátiras, en ataque certero más que en defensa tolerante.

Gracián se reportaba cortésmente, como si en clase de rival afortunado quisiera mostrarse generoso con su víctima. Y á cada momento miraba al poeta con menos osadía, con el vago recelo de que aquel hombre fuése más que un ruiseñor, acaso un ave altiva con garras temibles, como los azores que rasgaban el espacio sobre aquellas montañas altaneras, encumbrando la gloria de sus giros hasta el celaje remoto.


V

El paseo fué largo, á través de una senda tortuosa y trágica que Diego conocía. Los accidentes de la vereda brava sobre el río, desatado en el cauce profundo de las hoces, se prestaron complacientes á los íntimos coloquios del amor y la tristeza y también á los vanos juegos de la coquetería y el capricho.