Eva y Gracián parecía que llevaban prisa; se adelantaban de sus compañeros con tanta ligereza de paso como de conversación y sentimientos. Iban veloces, impacientes, livianos. Cuando se habían alejado largo trecho de la otra pareja, deteníanse un momento á esperarla, y sin llegar á reunirse con ella volvían á correr sobre el camino, encorvado y peligroso, encima del Besaya, que gemía en hervores torrenciales.
María y Diego caminaban despacio y abstraídos en el lenguaje de sus corazones, que subía á los labios, á los ojos, á la cumbre dorada de la cordillera y al mismo cielo, luminoso y puro, para bajar después, tremante y angustiado, al fondo del torrente, estremecido en sus crenchas de verberantes espumas.
Fué María la más diligente y animosa para romper el encanto de los primeros instantes de soledad, en que entablaron las miradas un mudo lenguaje de inquietud.
—Es necesario—dijo, con un treno dulcísimo en la voz—que ya no hablemos nunca como anoche.
—Entonces me condenas á no verte jamás.
—No; que hablaremos como hermanos y amigos.
—¿Lo exiges?
—Te lo ruego.
—Para obedecerte será preciso que huya de tu lado.