Pero fué el caso que la contrita confesión de Rosa se extendió por el cielo con una claridad nueva y extraña que no era de los astros, y que pudiera ser únicamente luz milagrosa y pura de una conciencia honrada.

Vió entonces, la infeliz, cómo en la luna y en un lucero claro y rutilante, que ella llamaba suyo desde niña, y en las estrellas todas, por el terso cristal inmaculado, resbalaba la imagen de su culpa; una culpa moral, involuntaria, pero negra y odiosa como la ingratitud.

Tremante y angustiada se llevó las dos manos á los ojos cargados de rocío, del rocío del alma que es el llanto; y después de enjugarlos con presteza, tornó á mirar ansiosa hacia la altura, creyendo hallarla limpia de su revelación.

Pero, más claros los cielos de su cara, mejor vieron cómo todo el dosel peregrino de la noche estaba empañado del terrible secreto de su vida...

Cayó Rosa de hinojos en la media penumbra de su cuarto, y en el acusador espejo del celaje vió pasar, luminosa y desnuda, toda la historia de su traición.

Era cierto que, olvidando gratitud y lealtad, como una loca, amaba tiempo hacía al señorito Gracián, al esposo de la mujer tan santa como bella que había sido su ángel protector años enteros.

Aquella pasión desordenada, nació de sus aficiones á seres y cosas brillantes. De amar lo portentoso y deslumbrador, llegó á enamorarse del hombre más galán de cuantos conocía, de aquel afortunado y apuesto, osado y triunfante como ninguno de los que la moza viera.

Cuando quiso pensar la sin ventura que aquel caballero podía ser para ella, perdición solamente, causa cierta de ingratitud y deshonor, ya era tarde, ya la pasión fatal se había ganado corazón y sentidos, y un incendio de amor le consumía con llama inextinguible.

Pero esta cuita, tan dolorosa y grave, no era un pecado para el ánima en pena de la moza.

Fué lo tremendo en el percance aquel, que anduvo ella propicia y diligente para hacerse notar del señorito; el cual, muy atareado en diversos problemas de su vida, apenas se había detenido á confirmar que la doncella era guapa, según él, á la vez que Nenúfar, lo había dicho allá abajo en la playa, siendo Rosa una niña.