De pronto el cuchicheo de abajo tomó proporciones de discusión; se oyeron algunas frases crudas y un juramento rotundo que calmó todas las voces.

Rosita apagó su vela de un soplo, y se acercó á escuchar, orilla de la ventana.

Un acento que le era conocido, el mismo que había lanzado el juramento, profirió con entereza:

—Cantares que «la piquen», sí; pero no que la dañen; ya os he dicho que la tengo ley...

Un murmullo de avenencia se inició en torno á una copla de despedida, y, poco después, la ronda de mozos se alejó lentamente, por la cinta blanca de un camino, que se retorcía entre praderas y bosques, en la angostura del valle, buscando salida por la hoz profunda, á la par del río.

Acodóse Rosita en su ventana, y, mirando cómo desaparecía el grupo rondador, exclamó callandito, con amargura honda:

—Todavía me quiere Manuel...

Después sus ojos, nublados de tristeza, se pusieron á rezar en el altar solemne de los cielos.

Bajo el rezo sin voz de su mirada, el corazón sincero de la moza se confesó con Dios, lanzando con valentía un gran secreto al espacio infinito.

Ella creyó que al rodar en la noche aquel secreto iba á quedar envuelto en una nube ó preso en una estrella, ó perdido, tal vez, en un repliegue del firmamento azul.