VII
Tan alta la vi volar,
un águila palomera,
luego la vide bajar
más humilde que la sierra...
En la maravilla y calma de la noche una voz, recia y varonil, lanzó este cantar derecho á una ventana encendida, que se abría, cual ojo investigador, en la oscura fachada del palacio.
Era la ventana de Rosita y estaba en el segundo piso, vigilando la carretera con mucha curiosidad.
Debajo de aquel cuadro de luz, parpadeante como una estrella, se rebullía un grupo de hombres del campo.
Hasta siete serían, y hablaban quedamente entre gorjas y risas, escogiendo en su aldeano repertorio de coplas algunas intencionadas, como la del águila palomera.
Arriba, en la habitación luminosa, Rosita sentada en el borde de su lecho intacto, desvelada y anhelante, escuchaba la cantaleta de los mozos; y al sonreir después de cada cantar, hubiérase dicho que tenía los ojos llenos de lágrimas; tanto lucían en su cara morena, húmedos y tristes.