A la misma hora, Eva desgranaba en sus labios burlones un gesto cruel de satisfacción, suponiendo, como Gracián, que Diego se marchaba celoso y lastimado y que María estaba muy cerca de sentir un tormento semejante.
Entretanto, el poeta se alejaba sumiso á uno de los dolores más vivos del amor: el de la ausencia.
Otra vez era esclavo Diego, pero ahora con una esclavitud definitiva y solemne de cuanto había en él de más escogido y envidiable. Aquel amor de ensueño y de nostalgia había madurado insensiblemente al sol de las penas, y ahora se mostraba en toda su razón y plenitud, revelado y confeso en el abandono de la ocasión tentadora. La fuerza interior, la ansiedad espiritual que habían llevado á Diego á ser poeta, hacían explosión en el sentimiento impetuoso que le llevaba hacia María. Bajo la apariencia tranquila de aquel hombre, un alma tempestuosa y romántica saciaba sus voraces deseos en el fruto sabroso de aquella pasión. Tan fuertes eran los anhelos de aquella alma descollante y bravía, que no se los aplacaron ni el arte, ni la gloria, ni el dolor. Ahora, su inagotable ternura hallaba cauce cumplido, y se desataban en ambiciones inmensas. Las incertidumbres, las prohibiciones, los deseos contenidos, las cadenas inquebrantables, encendían, castigaban, depuraban aquel amor, y le convertían en la más alta y sutil felicidad. Pero, al mismo tiempo, todas aquellas zozobras y aquellos obstáculos asaeteaban el corazón del amante en un suplicio violento. Huía la tierra, su amada tierra de Cantabria, puesta ya entre él y María como una barrera; luego, montes, ciudades, llanuras, iban á separarlos; y por si esto fuera poco, el mar inmenso y misterioso, como sepultura del mundo, se tendería en medio de los dos, para siempre quizá... Bajo la punzada dolorosa de esta idea, todas las hieles posadas en el corazón, todas las humanas rebeldías se levantaban contra Diego para hacerle desear aquella mujer que era su única ventura. Contemplábala cada vez más admirable, llena de sentimiento y de gracia, de ternura y de piedad, arrebatada por la ardiente pasión que les unía, viviendo dentro de él con el alma y el pensamiento, pulcra y castísima como la paloma de San Juan de la Cruz, y le parecía que desear la dicha encarnada en aquella ideal criatura, era en él legítimo y santo.
Para más refinado martirio de la ansiosa fiebre de amor, el tren, después de correr como un loco por las entrañas de los montes, asomábase una y otra vez al diminuto valle, donde se erguía, con señorío de reina, la casa de Ensalmo, junto á la casita de Villamor. Colgado el camino férreo sobre las bravas hoces, en revueltas inverosímiles y temerarias, por tres veces pasó el convoy encima de la estación de Santacruz. Subiendo, subiendo siempre empinadas laderas, atravesando túneles y salvando precipicios, volvía á contemplar, en una y otra curva ascendente, la vega amable, tributaria de la noble casa de María. En un balcón, circundado de rosas, distinguió Diego perfectamente la figura esbelta de su amada... Aquél era su dormitorio, aquél su cuerpo grácil, envuelto en un ropaje blanco... Era ella, ella misma, que perseguía al tren con sus ojos azules y clementes; ella, que alzaba en el copo de nieve de su mano un albo lienzo para decir: Adiós... Adiós...
Todo el profundo lecho del Besaya estaba señalado con una neblina triste y leve que á Diego le parecía nube de llanto. La mañana era pálida y dulce, de cántabra hermosura melancólica.
La mano vacilante del poeta respondió en la ventanilla, agitando un pañuelo, al adiós que le enviaban desde el trono de rosas del balcón...
Penetró el convoy en un túnel tenebrario, y después de una carrera negra y silbante salió á un llano espacioso, dejando atrás las imponentes hoces de Bárcena y la vega tributaria del solar de Ensalmo.
En aquella ancha llanura, que parecía sonreir gratamente á la vida, sintió Diego una brusca sensación de soledad y de abandono, como si la humanidad toda hubiese fenecido y él fuera el único superviviente de la catástrofe.