—Quisiera que me dieses á menudo noticias de Tristán.
—Pero, ¿vas de viaje?... ¿Cuándo?... ¿A dónde?—preguntó Eva, atónita.
Y Diego, con voz sin inflexiones ni matices, dijo:
—Mañana, en el correo que pasa por Santacruz á las ocho, vuelvo para Madrid. Entre los periódicos llegados encuentro ahora una noticia que me fuerza á marchar.
—¿Volverás pronto?—insinuó, queriendo ser amable, la señora.
—Ya veremos—repuso el desertor evasivamente. Y no hubo medio de hacerle dar más explicaciones sobre su repentina determinación.
En vano Eva mariposeaba en torno del viajero mostrándose solícita para ayudarle en sus preparativos. Él, mudo y serio, diólos por terminados con presteza y se retiró á su cuarto sin más despedida que decir: «adiós», levemente.
Una hora antes, al dar las buenas noches en el jardín de Ensalmo, toda su alma se ofrendó á María en una llama intensa de los ojos y en un acento roto de la voz.
Fingiendo inesperada la partida, dejó Diego en su casa un recado despidiéndose de los señores vecinos, y María vió con impasible rostro la chanza con que Gracián comentarió el suceso, á la siguiente mañana, calificando de fuga aquel viaje. Tan alta risa armó, y mostróse tan despreocupado en sus burlas y alusiones, que los ojos azules y apacibles se clavaron en él un largo rato, fijos, fijos y desdeñantes con una expresión que obligó al osado á pestañear con cautela, como si el sol le diese en la cara de lleno.
Después de haber evitado con precaución el dardo lancinante de aquella mirada, por dos veces seguidas se volvió Gracián á contemplar á su mujer, dudando si lo que en ella le sorprendía era altivez, amenaza ó desprecio. Lo que fuése le sentaba tan bien á la dama rubia, que su esposo, mirándola, añadió á la sorpresa del descubrimiento una desusada admiración; y aunque la quiso hablar galante y fino, ella se alejó lentamente con traza distraída. La blancura espumosa de su bata dejó flotando en el pasillo oscuro una nota gentil, que se llevó prendidas las curiosas pupilas de Gracián. Luego que se esfumó el encanto de la silueta, aquellas pupilas, confusas en la sombra, dejaron reflejar un pensamiento vanidoso que expresaba:—Acaso María será capaz de sentir celos... Y una sonrisa dilatada y feliz, glosó este comentario.