Era la hora en que él solía llegar para mudarse de ropa y para anunciar probablemente, que no se quedaba á comer. Rosa esperó al pie de una ventana, fingiendo que muy distraída contemplaba el jardín; y cuando sintió en la estancia pasos, se volvió con aire asustadizo, lo mismo que en la escena hubiera hecho una cómica hábil.

Con aquel ingenioso efecto teatral, toda su belleza tentadora y madura se le entró al señorito por los ojos.

Como los cortejantes que la moza había visto en las comedias, Gracián se le acercó, muy inflamada la mirada y la voz, para decirle:—¿No sabes que me gustas y te quiero?... ¿No sabes que te has hecho una mujer preciosa?...—Y le cogió una mano entre las suyas, y el talle luego, con un brazo firme. Sonaron en la puerta, muy discretos, un par de golpecitos, y un acento, como el de doña Cándida, angustioso, dijo:—Rosita, ¿estás aquí? Lali te llama...—¡El ángel de la guarda, compadecido de la ciega moza, todavía la quiso proteger!...

Después de aquella tarde, otros milagros de compasión divina envolvieron á la joven como en un manto protector. Gracián hizo un viaje rápido y misterioso como todos los suyos; luego, la nena estuvo algo malita, y Rosa no dejó de cuidarla ni un momento. Después... los convexos cristales inclinados siempre sobre la inacabable calceta de doña Cándida, se posaron encima de la muchacha con tal persistencia, que los veía, atisbadores y penetrantes, persiguiéndola hasta en sueños, como una lente mágica, al través de la cual Dios mismo leyera en su turbado corazón.

Huyendo, entonces, el reflejo obstinado de aquellos cristales, Rosa se retrajo modesta y acobardada, evitando todo encuentro á solas con el señorito, hasta que él acechó una ocasión para decirle:

—Tengo que hablar contigo muchas cosas...

Y la quiso abrazar. Desasióse Rosita del abrazo, suplicando con miedo.

—Déjeme usted, por Dios.

Pero muy cariñoso, repitió el señorito:

—Hemos de hablar; ya te diré yo cuándo; nada temas, hermosa.