Era esto en vísperas del viaje á la Montaña, y una vez en el valle, Gracián muy fácilmente buscó á Rosita sola, en los amplios locales de la casa, y le notificó sin más ambages:

—Una noche de estas subiré á tu cuarto; no te asustes, y espérame.

Nada repuso ella, conmovida por el espanto y el amor, y desde aquel instante vivía en la confusión terrible de un mal sueño, midiendo con pasos de sonámbula aquellas tumultuosas jornadas de su vida, tan apacibles en apariencia.

Lo más extraño del oculto lance era que el caballero, tan enamoradizo y caprichoso, no acudiese á la cita en doce noches; doce, largas y crueles, que Rosita le aguardó medio loca de pasión y de remordimientos. Ella tan esquiva y de mármol para cuantos la quisieron, ya con honrados propósitos, ya con finuras galantes; la que sólo una vez, por romántica fantasía, prendió su imaginación de un hombre que se dijo poeta; la mujer altanera y soñadora; la aldeana artista, allí estaba sacudida por el espasmo de la pasión, destrozada por el brusco despertar de su rústica naturaleza, que, protestando de un largo cautiverio bajo el señorío espiritual, se revelaba en todo su arrogante poder, bravía y ardiente, como en el estío la sierra donde nació Rosa.

Celos y rabia sumaban un tormento mayor á la espera de la joven.

Sus sagaces ojos de enamorada habían visto delante de Gracián la figura altiva y donosa de otra mujer. Era la misma á quien él acompañó en Madrid una noche reciente, desde el hotel cuya puerta abrió Rosita, ya sintiendo una celosa sospecha hacia aquella que aceptaba, con tan patente agrado, la obsequiosa compañía del señorito.

De tiempo atrás la conociera Rosa, y mucho mejor al caballero poeta que le dió su nombre, oriundo del valle y bien querido en la comarca.

También conocía al hijo de ambos, aquel niño macilento y quejoso de quien tanto hablaba Lali; y la niña le había contado muy alegre, que aquellos señores, dueños de la casa contigua al palacio, iban también á la Montaña.

Las malas sospechas de la moza se aumentaron cuando observó que la dama gentil y morena coqueteaba lindamente con el señorito Gracián, apenas llegaron al valle ambas familias.

Juntos paseaban por la mies y por la selva: juntos subían á la montaña en traza de cazadores, ó charlaban en el jardín bajo los jazmines de un cenador mientras los niños jugaban. Juntos habían hecho á caballo una larga excursión, hundiéndose en la hoz adusta, por el camino de Reinosa.