La señorita María los miraba ir y venir, con glacial indiferencia, en tanto que Rosita concebía un mortal aborrecimiento por aquella señora que embelesaba á Gracián, hasta el punto, sin duda, de hacerle olvidar que había dicho á otra mujer: «espérame...»

Y esperando, ya desesperada aquella noche de su confesión, después de llorar de rodillas en el suelo, lavada su conciencia por el llanto, se vió Rosa tan culpable de consentimientos y de ansias, que un bochorno ardiente le enrojeció las mejillas con ascua dolorosa.

Llamó á Dios en su ayuda y mentó con fervor á la Virgen del Camino, la patrona del valle.

Miró al lucero suyo, y su luz blanca estaba un poco roja; ¿qué sería?... Con impulso vehemente la muchacha fuése á cerrar la puerta con cerrojo, y se dijo: Aunque llame cien veces no he de abrir; quiero ser buena, quiero tener en el cielo una luz blanca siempre, una luz mía...

Sintió un rumor, apenas perceptible, cerquita de la puerta.

Escuchó ansiosa, y el rumor fué creciendo. ¿Pasos quizá?... Sí; unos pasos muy leves que se detenían... ¿Llamaban?... Sí; ya lo creo; llamaban despacito.

Rosa prendió la luz y abrió la puerta con júbilo demente.

Un gato negro hizo fu, muy arisco, delante de la moza, y echó á correr con un galope avieso, encandilados los ojos y el rabo erguido...

Despeinada y llorosa, Rosita se durmió mucho más tarde, cansada de gemir y de rezar sobre su lecho, por divino milagro defendido.