Había dejado su ventana abierta, y la noche, gozosa, entraba por el cuarto, toda llena de un vago son de vida; voz de espumas fluyentes en el río, de besos de las hojas en el bosque, de amores de la brisa con la flor...
El pobre amor humano allí dormía, rendido de pesar, y el lucero de Rosa, blanco y puro, temblaba en la llanura de los cielos.
IX
Era indudable que Gracián se aburría, una estancia en el campo de cerca de un mes, era mucho poema geórgico para aquel gran artista multiforme, aun contando con el aliciente de perseguir un par de conquistas amorosas. Por logradas las tenía el famoso cortejante, y con cinismo y jactancia clasificábalas en su imaginación de este modo: «Eva, que se hará desear para hacerse valer... equivale á decir que me costará un pico... Rosa, que espera mis órdenes rendida á discreción... «de balde y con gracia»... Total, dos empeños de poca monta, sin dificultades ni riesgos... Dos mujeres conseguidas sin más que extender la mano, como quien dice...»
Y al hacerse estas cuentas galanas, la triunfante sonrisa de Gracián se convertía en un bostezo prolongado y fastidioso. Trataba de ocultarse á sí mismo, que si algún lazo le detenía en el valle con deseo creciente y mortificador, era su propia mujer, la abandonada y ofendida esposa que ahora le parecía más bella y codiciable que nunca. La encontraba diferente á cada momento, y siempre encantadora como jamás se le había parecido. Algunas veces era María la niña novia de cándidos ojos y actitudes infantiles, pero más altiva, más arrogante y desdeñosa que cuando Gracián la enamoró en Las Palmeras, en facilísima escaramuza de pretendiente; en otras ocasiones adquiría una expresión ideal de Dolorosa, y con las azules pupilas rasas de llanto, las menos de azucena entrelazadas y el nimbo dorado de los cabellos, rutilante á modo de corona, le parecía á Gracián haberla visto cubierta de luctuosa túnica, con un puñal clavado en el corazón, conducida en andas por las calles en un cortejo de lágrimas y oraciones. Y aquel incrédulo, que no tenía firme en su alma ni una sola idea religiosa, contemplaba con extraño respeto, como una cosa nueva y fascinante, el santo dolor de la mujer que él llevó al altar, con engaño y perjurio, para marcarla con el hierro de la esclavitud, en martirio irremediable. Pero, de pronto, aquella pura frente contraída, aquel mirar nublado, aquella boca crispada, se aplacían en súbita transformación, y todo el semblante bellísimo tornábase dulcedumbre y alegría, como cuando en la mar arbolada y tormentosa salta una mano de viento bonancible.
Quedábanse entonces los ojos de María suspensos de alguna divina aparición, y en los labios le temblaba una sonrisa, colmada de promesas, que á Gracián le hacía estremecer. Estos cambios bruscos y peregrinos dábanle al esposo mucho cuidado, y le causa ban un desasosiego que iba convirtiéndose en amorosa tentación. Tan menguadas consideraciones había guardado él á su esposa y en tan ruin estima la tuvo siempre, que la indiferencia ó la culpa le impidieron protestar de la tácita separación que entre ambos inició María, y que se consumaba en discreto disimulo, con todo el aparato de una avenencia cordial.
Y en aquella rara situación, Gracián el victorioso, el siempre feliz enamorado, sentía una singular inquietud al acercarse á su mujer con leves insinuaciones de íntima plática.
Sabía ella detenerle de tal modo en aquel camino, inútil hacía tiempo entre los dos, que sin hablarle, con una mirada, con un gesto, le hacía retroceder intimidado. Sin querer confesarle la derrota, calmaba el super-hombre su vanidad inmensa suponiendo que María, en silencioso culto, le adoraba, y que los insistentes y rendidos galanteos que él prodigaba á Eva, la tenían enojada y celosa.