Varias veces, dentro de su propia casa, soportó María enredos amorosos de Gracián y ofensas imperdonables; pero él se esforzaba en pensar que entonces no se había fijado como ahora en el efecto que el impudor de sus hazañas producía en aquella mujer paciente y noble. Quiso creer que la casualidad, y no una afición que despertaba, le ponía al descubierto aquella supuesta condición celosa de María, y ahogando con soberbia terrible su malestar interior, acariciaba con protectores ojos á la esposa, murmurando compasivo: ¡pobrecilla!...
Para distraerse de aquella sorda irritación que le sublevaba, esforzábase en cortejar á Eva sin recato ninguno, improvisando cacerías y paseos á los más pintorescos lugares de la comarca; y aunque siempre invitaba á su mujer á que tomara parte en aquellas excursiones, ella se disculpaba de asistir, invariablemente, con pretextos tan fútiles y poco justificados, que Eva, molestada por aquella displicencia mortificante, aceptaba los proyectos de Gracián con espíritu de venganza hacia María, y lanzábase en imprudentes holgorios con su galanteador, escandalizando aquella vecindad tranquila y timorata.
Se quedaba María muy á gusto en la dulce soledad de su jardín ó de sus habitaciones, libre para saborear la felicidad dolorosa de su alma, y mientras tanto los dos excursionistas disimulaban difícilmente su mutuo aburrimiento.
Eva sentía ya un verdadero asombro ante el silencio obstinado de su marido, y Gracián perdía terreno en el ánimo de la hermosa, á medida que la preocupaba aquella terca actitud del ausente y la dolía como una humillación injusta la indiferencia de aquel á quien para siempre creyó su esclavo.
Por su parte Gracián se fatigaba en las alternativas de resistencia y alientos á que Eva le tenía sometido, y suponiéndolas ajustadas á planes de astucia femenil, sentíase impaciente y disgustado.
Así pasaban los días tejiendo paradojas alrededor de nuestros personajes. Rosa, en acecho de los pasos del señorito, desfallecía en atroces luchas de insensata pasión. Su pobre corazoncito, macerado por la pena, se rasgaba en cauces de remordimientos cuando los ojos de la moza contemplaban á la señorita María, tan abandonada y tan bella, con el semblante divinizado por una apacible luz que á veces parecía de resignación y á veces de felicidad...
X
Una de aquellas mañanas agostizas, cálidas y radiantes, tempranito llamaron á la puerta del gabinete donde Eva dormía con Tristán. Acababa de vestirse la señora, cuando una voz infantil preguntó—¿se puede?... Y sin esperar contestación, la cabecita rizosa de Lali asomóse en la estancia.