—Ven, ven—gritó con afán Tristanito—¿me traes flores?
—Sólo traigo un clavel—dijo la niña, alzándole, rojo y húmedo, en su mano diminuta. Acercóse á la cama donde el niño se había sentado, muy contento, y añadió con delicioso aire maternal:
—He venido muy deprisa; luego te cogeré más flores, monín; ahora están llenas de rocío...
—¡Mucho has madrugado!—la dijo Eva amablemente.
Muy pizpireta, saltó la niña:
—Porque hoy hemos madrugado todos en casa; á mi papá se le ha ocurrido marcharse ahora á Las Palmeras en el tren correo, y como pasa á las ocho, desde el amanecer están en danza las maletas y los armarios... yo no sé las cosas que ha revuelto... ¡y eso que va por dos días!...
Eva se quedó estupefacta, y con un vago terror, murmuró entre dientes:
—¡Otra huída!...
Igual idea tuvo Tristán, que recordó con misterio asustadizo:
—También mi papá se fué de repente una mañana, con su maleta... ¿A dónde irán tan deprisa todos los papás?