En la quinta de Las Palmeras sucedíanse las emociones más varias y curiosas, ocultas, en lo posible, bajo sonrientes hábitos de bailes, paseos y demás estivales holgorios.
Todas las caras, menos la del marqués, tenían puesto un antifaz deslumbrador.
El que usaba la marquesa solía rasgarse á menudo con un rebelde gesto de amargura, tan congojoso y desesperado, que movía á misericordia.
Desde que la ilustre familia llegó á la playa, parque, jardín y salones, tomaron en la quinta un continuo aspecto de fiesta. Veraneantes forasteros y familias visibles de la capital norteña se apresuraron á nutrir con brillante concurso la aristocrática mansión de los marqueses. Se extrañaba en aquellos regocijos la ausencia de Rafael, que, engolfado en su interminable dúo con Luisa Ramírez, deteníase apenas en los festejos familiares. La graciosa provinciana, que, con tan invencible poder atraía al marquesito, estaba siempre bella, con un encanto crepuscular, dulce como un recuerdo hermoso. Su risa seguía fluyendo, cantarina y saludable, á modo de arroyada bienechora. La afición que esta mujer inspiraba á Coronado, habíase convertido en un sentimiento profundo, lleno de dulcedumbre y simpatía; una mansa ternura algo filial, algo romántica y piadosa, que insensiblemente iba dignificando la existencia del mozo. Al influjo de aquel cariño noble, refrenadas las licencias de su juventud, llegó Rafael á pensar en los serenos placeres matrimoniales; pero iniciado vagamente este plan de boda, la familia de Coronado le opuso serias razones de apellidos, linajes y fortunas, íntimos problemas de suma importancia confiados todos á la descendencia del futuro marqués. Grave parecía el asunto, pero á Rafaelito le estimularon las dificultades, encendiendo con llama fuerte su propósito de consagrar marquesa á Luisa. Para hacerle desistir de aquel antojo, llegaron sus hermanas á asegurarle que Casilda Manrique, la diosa de la aristocracia madrileña, le prefería á todos sus adoradores—que eran muchos y escogidos—, pero él celebró su feliz suerte con una carcajada jocunda que le puso espantoso de feo.
—¿Casilda Manrique?—dijo con su voz cavernosa—¡muchas gracias!... Yo quiero una mujer para mí solo...
Como era tan hábil y tan bonita aquella celebrada condesa, las de Coronado se hicieron ilusiones de rendir á sus pies al marquesito, y lograron, con artes ingeniosas, llevarla á Las Palmeras una temporada. Todo eran halagos y funciones para detener allí á la beldad «de moda», una viuda tan verde y tan magnífica, que se había adueñado de los más finos homenajes de la dorada sociedad. No estaba el prestigio de la condesa muy lustroso, pero las máculas de su reputación no eran obstáculo para que los próceres herederos atisbasen sus millones, que, según se decía, disfrutaban de limpieza cabal.
La de Manrique aceptaba pleitesías y cumplidos con una omnipotencia soberana, y tenía pendiente de su elección amorosa á un lucidísimo rebaño de aristocráticos borregos. Pero, cuando mayor era el ansia de conocer la voluntad de la condesa, susurróse en crítica elegante de salones, que Casilda tenía un amor, ó cosa así, y que el favorecido por la suerte se llamaba Gracián Soberano.
En la noticia, que no era cierta, tuvo mucha parte la jactancia habilidosa de Gracián, á quien tentó la codicia de añadir un laurel á su mote de «irresistible», comprometiendo con alardes fementidos á la festejada señora; y cuando supo que la condesa había llegado á la playa, apresuróse á cumplimentar á los marqueses con una visita que se prolongó entre lances placenteros. Dejóse la de Manrique, con fácil travesura, obsequiar por Soberano, pero con pruebas palmarias de que deseaba marido mucho más que galanteador. Era caso curioso y sorprendente ver á la viudita aprovechar las pocas ocasiones en que Rafael se le acercaba, para enconfitarse con el hombrecillo encanijado, y dejar al buen mozo con un palmo de narices.
Gracián se ponía frenético á favor de su radiante careta, y las de Coronado se desesperaban viendo la risa con que Rafael iba á contarle á su madura novia aquellos éxitos, para que le sirvieran de solaz y de orgullo...
López, el impertérrito asentidor, el amigo complaciente y simple, soportaba con bendita conformidad la charla insulsa del marqués, contemplando á la marquesa con unos ojos pícaros y lánguidos, que á Benigno le hacían sonreir.