Y, de repente, como llovido del cielo, cayó en la playa Luis Galán, muy elegante, muy ufano, con los dientes blanquísimos... y con una cara de tonto, que no había más que pedirle. Pero ya dijo la marquesa en otra ocasión, que no era tonto, aunque lo parecía. Una insolente frescura fué lo que demostró presentándose en casa de Coronado «como si tal cosa» y con el decidido intento de hacerle la corte á Isabelita. Fué lo grave del caso que la muchacha se hacía un caramelo con Galán, y que don Agustín María Celada y Osorio acogió estos amores bajo su égida con tales entusiasmos, que la boda se daba por segura al poco tiempo...
Así cruzó el verano por la quinta, luminoso y florido. En el mar el rumor era un arrullo; en la ribera el viento una bendición; la luz en el celaje era una gracia ardiente y generosa.
XII
La calma del valle y su silencio llegaron á ser para Eva una tortura. Su corazón vacío no le daba compañía en la soledad, ni mansedumbre en la tristeza; estaba sola con sus pasiones, en la más horrible de las soledades. Obstinándose en la suposición de que todos la traicionaban, la poseyó el terror de ver su cuerpo abandonado de la belleza, ídolo material de aquella mujer, único goce que la dió su fruto de dulzura falaz, amargo al fin... Se contemplaba en el espejo horas seguidas, escrutando la euritmia de sus formas y de sus facciones, con ojos agresivos, rencorosa y zahareña recordando las frases crueles y proféticas con que Diego una noche la llamó «pobre criatura sin más tesoro que su carne mísera»... Aquellas palabras le parecían ahora una maldición que empezaba á cumplirse, y loca de miedo, desde el fondo turbio de su conciencia, diera ya por seguro que todo le era infiel, que todo huía entre sus manos débiles y ansiosas, á no alzarse la imagen de su hijo mirándola, mirándola con muda y triste reconvención... ¡Su hijo que la adoraba, que era todo de ella, carne suya, alma suya!... ¿quién la había llamado pobre?... Ceñuda y dominante, con un placer torvo sin sonrisas, buscaba al niño y estrechábale en un abrazo duro que á Tristán le hacía gemir:—¡Mamita, me haces daño!...—y temeroso, hurtábase á la ardiente caricia de la madre, para correr con Lali á sus juegos...
Una noche de aquellas de Septiembre, ya largas y aun apacibles, Eva se despertó á las altas horas, soñando que tenía arrugado el semblante, mortecinos los ojos y blancos los cabellos; dió una voz lastimera, y echóse de la cama despavorida á buscar el espejo en la oscuridad del dormitorio. Le halló con tino de sonámbula, y se quiso mirar en él sin luz, con una obcecación desesperante.
Desorbitados los ojos en la negrura del vacío, con un santiguamiento febril y supersticioso, clamó horrorizada:—¡Estoy ciega, Dios mío, estoy ciega!...
Temblorosas las manos, frías y torpes, buscaron encima de los ojos, y á gritos como una poseída, Eva imploraba:—¡Luz... luz... misericordia!...
Despertó el nene lleno de susto, y su acento llorante cayó en la penumbra de la estancia como plañido de recental: