—¡Cómo tarda en volver mi papá!

Y se estremeció María con una sorpresa dolorosa, como si hubiese olvidado que Gracián estuviera en el mundo... Amedrentóse con la certidumbre de aquel retorno, y el yugo de su cautiverio la hirió con implacable castigo. La pobre esclava apetecía la libertad con unas ansias tan hondas y tan fuertes, que toda su existencia era un impulso errante, un vuelo roto... Del sopor de su vida despertaba para que la felicidad muriese entre sus manos; muchas veces, viéndola morir tan hermosa y risueña, estaba á punto María de perder la razón, y el arroyo de sus dolores, desatado y rugiente, desbordábase en llanura sin término.

La dama rubia y triste gustaba como nunca de la noche, que es novia del dolor. En su banco predilecto del jardín—en aquel de «la cita» inolvidable—, ó en su sillón de mimbres en la solana, abismábase en cavilaciones dolientes y dulces á la par. Tenían aquellas horas en el valle montañés un alarde raro de tristeza y de calma. El perfil altanero de las cumbres, recortado sobre apacible toldo celeste, daba un marco de encantadora irrealidad á la hondura de las hoces, toda envuelta en pálidos desfallecimientos de luna; un soplo tibio, como aliento del ábrego, mecía en el ambiente aromas bravos y penetrantes de hierba recién segada, y rezaban los bosques, lueñes y misteriosos, con lánguido rumor de brisa ó deshoja.

En aquel cuadro de meditación y de magia, la figura interesante de la enamorada yacía como en su propio lecho, en divino abandono; muchas veces, radiando en los azules ojos una santa luz de inmolación, susurraban los labios reverentes palabras de sacrificio y acatamiento, y una fugaz sonrisa renunciadora aplacía el bellísimo semblante. Mas, á poco, la hermosura de la mujer se humanizaba con resplandor ardiente de pasiones. Quedábase María escuchando con ansiedad los graves secretos del paisaje pensativo, y la aspirada fragancia del jardín la hacía estremecer; con el rostro oculto en sus cabellos y en sus lágrimas, musitaba entonces una súplica loca, sin que el pobre corazón implorante supiera por cuáles caminos había de llegar al cielo su amarga voz...

Durante sus deliquios amorosos solía ver la dama una silueta que erraba en el jardín como embriagada en el grato embeleso de la noche; maravillándose de tal descubrimiento observó, recelando del fantasma, y pudo descubrir que era Rosita aquella aparición triste y aventurera, desvelada entre las flores. Una de aquellas veces la doncella acertó á cruzar junto al escaño donde María trenzaba sus ensoñaciones en un completo olvido de la moza sonámbula. Alzóse de su asiento la señora viendo avanzar aquel perfil errante, y la muchacha lanzó un grito espantoso á la gentil figura de la dama, que imaginóse justiciera sombra. Con acento dolido, como una elegía, de hinojos murmuraba—¡Perdón, perdón!...

—¿Qué dices?... ¿perdón, de qué?

Y la albura del señoril ropaje se meció como nube serena sobre el abatimiento de la joven.

—¿En qué me has ofendido?—preguntó con asombro la señora. Y, dulcemente, le tendió sus manos, que en las manos morenas de Rosita semejaron dos lágrimas de luna.

—En todo, en todo—sollozó la moza, humillada y tremante.

—¿En todo?—repitió María con incrédula expresión—cuéntame, á ver...—Pero la muchacha, contemplando la apacible actitud de la señora, temió apenarla con el cruel secreto, y llena de rubores y de susto, balbució: