—Yo...; no tiembles ni me culpes—dijo el acento férvido y opaco de Villamor.

—Pero, ¿á qué vienes?... ¿por qué vienes, Diego?

—Porque es razón que venga; porque es justo... Porque estás sola y triste, en bárbaro abandono de tristeza... Y vengo á consolarte... y á quererte.

—Llegas como un ladrón; de noche, de improviso, rompiendo tus propósitos y mi serenidad... Me has asustado mucho.

Y la voz se apagó rendida y dulce, temblando en el sosiego del paisaje. La indulgente caricia del acento perdonó la osadía del poeta, que vencedor y ufano dijo:

—El amor es amigo de la noche, y llega así, callado, cuando menos se espera...

—¡Así llegan también las tentaciones!...—lamentaba la voz acariciante; y ardiente la otra voz, cantó su triunfo:

—Nada vengo á robar, porque me has dado lo mejor que tenías: el alma. Y porque es mía la quiero recibir de tus labios como una comunión.

—Ya vuelves á estar loco—murmuraba María ahogando sus reproches en un ritmo de pena—; ya olvidas nuestro pacto y la tranquilidad que me ofreciste.