Diego, pensando así en sus terribles horas de infortunio, rebelábase con dementes razones, contra el dolor sublime de la amada. Sentía una lástima desgarradora de ella, una ternura llena de caridad, una misericordia infinita. Quisiera abrirse el corazón para meterla en él, para abrigarla en él, para tenerla siempre consigo, amparada, defendida por el recio muro de su carne, por el torrente impetuoso de sus venas, como un niño en el seno maternal. Gozaba y padecía en pocos minutos mil torturas y placeres, lanzado todo su sér en locas vueltas de la imaginación. Embebido en sus ansias, percibía de la adorada voz el metal dulcísimo, y olvidaba cuanto le hacía temer y sufrir, para soñar que habían vuelto á nacer los dos amantes, el uno para el otro, y que iban juntos por la vida, muy cerca los ojos y los corazones...; y hasta en la calle, entre el bullicio de la gente, María se acercaba á Diego, en ilusión, hermosa y enamorada, como un divino milagro.
Poco después, la ansiedad y la impaciencia devoraban al soñador; tendía las manos en la sombra, y la dicha se le escapaba, hallando sólo el vacío, el vacío de una eterna caída irremediable... De pronto renacía á una inefable confianza, creyendo firmemente que un amor conquistado á fuerza de dolor tenía que florecer en rosas de felicidad, con la más santa de las justicias. Una lógica de enamorado le llevó á admitir la idea de que las almas superiores tienen el derecho y el placer de redimirse con valentía de todos los dominios extraños, juzgando en el tribunal sumo de las conciencias sus propios sentimientos, y hurtando el cuello, hasta por dignidad, al fallo de una sentencia injusta... Sobre la vida y la hacienda—pensaba el artista—han podido pesar la voluntad de un hombre ó el mandato de una ley; pero sobre las almas, ni antes, ni ahora, ni nunca, ¿quién sino Dios puede mandar? El amor tiene también sus fueros, y cuando es de calidad altísima y no está manchado con impurezas, se levanta sobre todos los códigos y todas las prohibiciones...
De una en otra concesión hecha á sí mismo, fué Diego adentrándose en su conciencia por rutas peligrosas, con menoscabo de firmes leyes de moralidad y de sanas costumbres sociales; y entre las encendidas llamas del amor divino, aparecieron también las ascuas rojas del amor humano, por una natural evolución. A la par del caballero y del poeta, el hombre, estremecido por las sordas voces de la vida, sediento de la amada, quería beber llena la copa del deleite; reclamaba su derecho á vivir en el goce pleno del amor, sin escrúpulos, sin reservas, afrontándolo todo, venciéndolo todo, hasta sentir la felicidad en su corazón convertida en esclava... ¡Pero el pobre corazón ambicioso le dolía de tanto querer y esperar!
En medio de estas crisis del sentimiento y la naturaleza, de estas luchas entre el instinto y el ideal, llegó á manos de Villamor una carta con sobre de María, algo temblona la letra, algo asustado el nombre del artista, escrito con menudos caracteres. Un pliego de líneas ondulantes señaladas por una escritura difícil, decía: «Papaíto: te quiero mucho; hazme unos versos y cómprame un caballo. Todos los días rezo por ti con Lali y su mamá, y para que veas que no te olvido te mando esta carta llena de caricias... Tristán.»
Piadosos renglones para Diego los que trazó la mano de María con la mano del nene. Eran símbolo y prenda de un recuerdo delicado y bendito, y abismábase el alma de aquel hombre en infinita gratitud hacia la autora de tan dulce milagro. El inocente corazón de Tristán, al impulso de una santa influencia, volaba hacia el padre sin ventura á quien hurtaron el amor del hijo, y las letras deformes y nerviosas que traían el regalo, pareciéronle á Diego una imagen viva y trémula del amor de la ausente.
XVI
Se remeció la linde de los huertos, y una sombra erguida y lenta, avanzando en el césped, tendióse á los pies de María, bajo el mando impalpable de la luna. Punzó el silencio un grito borbotante en los labios de la dama:
—¡Tú... tú!...