Resonó con trágico placer la respuesta valiente, y Rafaelito, al oído de la dama murmuró:

—¡Quien pudiera acompañarte en esta soledad toda la vida!...

Acomodados en el raudo tren: Adiós, adiós...—dijeron—Hasta muy pronto—añadió la voz de Eva extinguiéndose en la distancia. Partieron, trepidantes y veloces, carretera abajo, y fueron á perderse en un recodo violento del camino...

Los nenes corrieron hacia casa, de la mano, y quedóse María en el dintel de la portalada, sola y muda, de relieve en la piedra, como el ángel tenante de un escudo. Los ojos de la hermosa subieron á la cumbre de los montes arropados de niebla, y desde allí á los cielos en busca de algún signo de esperanza; pero estaban cerrados los confines con pálidas cortinas, y ni luces, ni rumbos, ni señales de una consolación halló la triste.


XV

«Me voy á Las Palmeras, con Benigna y Rafael, que vienen á buscarme. El nene queda al cuidado de Doña Cándida y de María; está muy bueno y contentísimo con Lali.»

Así leyó Diego en unos lacónicos renglones, patrón de extraña correspondencia; no se asombró gran cosa de la audacia de su mujer, y aunque ella colocase en segundo término á María como guardadora de Tristán, aquel detalle de imaginar al hijo cobijado por la bien amada, causóle viva emoción.

Un periódico, muy pretencioso y algo cursi, publicado en la playa con el título de Revista Veraniega, le había dicho á Villamor, á su tiempo, que Gracián estaba en la quinta de los marqueses; y en las almibaradas crónicas de aquella misma publicación, leía el poeta á menudo el nombre sonoro de Soberano. Luego María estaba sola con los niños, sola con sus pesares y su mansedumbre. ¿Pensaría mucho en él?... ¿Le olvidaría?... Si olvidarle fuése ventura para ella, Diego con heroico afán hubiera deseado aquel olvido. Pero no; vivir era amar; María no dejaba de amarle, porque despertó con él á una vida intensa de sentimiento... Mas, ¿acaso un amor sin esperanza no es una muerte cruel?... Amarse de aquel modo ¿no valía tanto como despertar al borde de la tumba?... Y la vida era un don amable, el supremo don que tenemos derecho á defender; por ella son lícitas todas las batallas y buenos todos los caminos...