Avisaron de la casona que la comida esperaba; y Eva se quedó con sus preparativos de viaje, inquieta, febril, dudando si sería una locura dejar á Tristán para correr á divertirse cerca de aquel hombre extraño y pérfido, que se burlaba de unas cuantas mujeres á la vez. Reteníala su orgullo, pero la empujaba una ardiente curiosidad de conocer á la de Manrique, y sentía un diabólico antojo de rivalizar con ella, de vencerla acaso, en aquel frívolo torneo de vanidades, que era el encanto de su vida... Al revolver su vestuario olvidó al niño; y destemplada, rabiosa, halló mezquinas todas las prendas de su ajuar, y tuvo la certidumbre de ser ella la criatura más desgraciada del mundo... Faldas, cuerpos, dijes y tocados, sufrieron tirones y sacudidas durante una hora cruel que pasó sobre Eva como un suplicio. Al cabo de perplejidades acerbas, quedó preparada una maletita con lo mejor que la vanidosa pudo elegir entre sus galas, y después de dar algunas órdenes á la sirviente única de la familia, y escribir una breve esquela á su marido, Eva en traje de excursión, bella siempre, presentóse en la casa de Ensalmo.

Ya Benigna se impacientaba por el regreso; no así el marquesito, á quien la tarde se le hizo un soplo en compañía de la dama rubia.

Tristán y Lali celebraban con júbilo inocente el goce de vivir juntos bajo un mismo techo, y María quedó libre, por fin, de la tenaz invitación de sus primos, porque Rafael interrumpió de pronto una nueva consulta de su hermana, diciéndole:

—No porfíes más; hace bien María en quedarse en el valle—y miraba con raro enternecimiento los ojos azules, que también le miraron agradecidos.

Llegó la hora de la marcha, y todos juntos salieron á buscar el automóvil que esperaba rodeado de chicuelos pasmados y curiosos.

La de Villamor despidióse muy azorada de María; hubiera querido estar amable con ella, agradecerle con acento cordial el hospedaje que brindaba al nene, pero sentía rubor de su conducta, remordimientos de aquel viaje furtivo. Al besar á Tristán tembló un instante con intensa inquietud; mas el pequeño, gozoso y animado, le devolvió los besos sin aflicción ninguna, y la madre sintióse ya calmada.

—Vamos sin que anochezca—rogó Benigna, mirando con asustados ojos hacia el triste camino de Reinosa—. Por allí—añadió señalándole—deben llegar los trasgos, y los lobos y los ladrones... ¡Qué sé yo cuántas cosas horribles!... El Besaya parece que está loco, con los gritos que da... Yo me moría, si tuviera que estar un mes en este valle.

Y volviéndose hacia su prima, que estaba sonriendo, preguntaba:

—¿No te da mucho terror cuando llega la noche?

—Al contrario, me alegro...