Pero Diego razonaba á su modo.
—¿Por qué ha de ser malo que estemos juntos queriéndonos mucho y habiendo sufrido mucho también?... Lo malo es no quererse, es llevar el odio en el alma, causar la infelicidad de una criatura buena, ser ocasión de infortunio y de lágrimas, valerse del implacable rigor de un sacramento ó de la dureza de una ley para atormentar á los que tienen hambre y sed de amor y de justicia...
La fascinante voz sugestionaba el ánimo suspenso de María. Iba quedando en sombras aquel espíritu, y con afán de luz saltó á los ojos azules, todo entero, y fué á posarse en un retazo de luna caído al césped desde un jirón de las nubes. Un blando soplo llegó de la arboleda, acariciando un momento la agonía de las rosas, y en el fondo sombrío del jardín, acompasada como un corazón, latía una fuente.
Diego, enardecido y febril, lanzaba su copiosa elocuencia en el silencio, á la luz de los ojos pensadores impregnados de luna.
—¿Quién puede pensar que somos malos—dijo—porque nos queremos?... De estos pecados toda la naturaleza es responsable. Habría que ir destruyendo y aniquilando todos los gérmenes de la vida, desde la semilla de las flores hasta el corazón nuestro, para castigar los delitos del amor... ¿Qué culpa tenemos nosotros, pobres seres dolientes y apasionados, de que el mundo haya sido hecho de esta manera?... ¿Es que nos vamos á arrancar el corazón, lo único verdadero que hay en nosotros?... ¡Qué ridículas deben parecer desde «allá arriba» todas las preocupaciones humanas, las leyes, las conveniencias, los disimulos, las hipocresías, todas estas prohibiciones con que se pretende sujetar todos los fueros del amor!...
Cielo y luna en los ojos de María escuchaban cautivos; un robledal oscuro, con música de fronda suspirante, charlaba con el río en coloquio feliz, y la noche, perfumada y serena, seguía caminando por el valle.
Con indómito afán se acercó Diego á la oyente pensativa, y rogó:
—No me esquives tu corazón... Díme lo que meditas, lo que sufres...
Ella, condesciendo, le contaba:
—Pienso que te extravían los pesares, que todo lo que dices es dañoso... El valor de la felicidad está en que jamás puede ser poseída; si la estrecháramos en nuestros brazos como á una criatura, perdería su divino perfume... La felicidad, como la belleza, como todas las altas y graves cosas inmateriales, rechaza toda posesión, todo contacto...; es un aroma, una luz, una brisa que pasa...; la sentimos, la gozamos tal vez... ¡pero no la poseemos! Si de ella sabe algo nuestra vida, será á condición de que respetes el juramento que nos separa.