—Yo haré lo que tú mandes—dijo Diego alcanzado de angustia punzadora—; prometí obedecerte y sé cumplirlo; pero así castigamos nuestro amor con sutilezas crueles, asustándole con fantasmas invencibles... Somos unos pobres ilusos, y, en vez de amarnos con todo nuestro corazón, nos fatigamos estérilmente en un torneo de razones locas, cuando la razón suprema que nos ampara es el amor mismo... ¡Y no se vive más que una vez!...
Con exaltado acento de tortura le replicó María:
—Una vez... en la tierra... El sacrificio tiene también sus goces y hermosuras...
—Pero cuando es estéril, lleva forma de orgullo, y á veces de crueldad. Esta mansedumbre pasiva no tendrá la grandeza que tú supones... Mi amor te ofrece otra clase de sacrificio, activo, fecundo, lleno de misericordia y de consuelos, mucho más noble y hermoso que todos los tormentos inútiles y solitarios de tu abandonado corazón.
—¡Inútiles mis tormentos!—gimió la valerosa, amargamente.
—Los tuyos y los míos... Aceptamos el hierro de la esclavitud á placer de nuestros verdugos... ¿Lo harían ellos por nosotros así?
—Ellos... ellos...—murmuró dolorida la voz mansa. Y después con transporte en que temblaron dos amores rivales.—Por ti—dijo—pudiera olvidar lo que soy, sacrificar mi honor... si fuése mío...
Y Diego, ronco, huraño, terminó:
—¡Pero es de él!
—¡No!... es de ella... de mi hija.