—¡Ah!... sí... ¡Lali!—balbuciente clamó el poeta, con respeto humilde.
Y tan absorto se quedó en su desventura, que la mujer, con suma piedad santa, fué á decirle muy bajo:
—Ni tú ni yo somos dos amantes ciegos; nuestro amor no está hecho de pasión ni de instinto, es el dulce fruto del sentimiento y del dolor; no le amarguemos con la culpa... dejémosle vivir muriendo, como un atisbo de la suprema felicidad que por él se nos dará algún día.
—¿Cuándo?—sollozó el hombre, hambriento de aquella promesa, impaciente y quejoso como un niño.
Ella, con el poema de sus lágrimas, fué tejiendo una esperanza remota.
—Pronto—dijo—, allá donde todo es posible y todo es bueno; cuando la carne se hace polvo en la tierra.
Y él, la miraba en éxtasis de inefable ternura, asegurando:
—A mí tu cuerpo me parece hecho todo con alma...
Apretó en sus manos fuertes las manos de María, húmedas por el llanto, blancas y temblorosas como jazmines que la lluvia doblase. Pero ella, desprendióse con terror de la caricia pura, y lloraba:
—Pues á mí nuestras almas... me parecen de carne...