Luego, imploradora, trémula, suplicó:

—Vete... vete... Hasta mañana.

Obedeció él, sumiso, y como un eco repitió con pavura:

—Hasta mañana...

Bajo el cendal bendito de la luna sollozaba María, desgarrándose en triunfo doloroso, y la figura gentil de Rosita se alzó en un escondite por detrás de la señora. Deslizábase la doncella hacia la casa con un susto inaudito en el semblante, y en el alma un fervor y un asombro que la hacían pisar con leve paso sin rozar casi el suelo.

Se remeció otra vez la linde del jardín; la sombra del poeta, huyendo entre macizos, se tendía en las flores del otoño... Estaba la noche como adormecida de placer, y se agitó el paisaje con un escalofrío de pasión.


XVII

¿Cuántos días? ¿uno? ¿mil?... ¿La vida toda?... ¿Un minuto?... La sublime demencia del amor inmovilizó el tiempo en el valle, para los enamorados inertes en su idilio, todo niebla y dulzura, todo inseguridad y dolor. ¡Era un correr entre sombras y resplandores, un vagar por los cielos y la tierra, un delirio tan puro y tan humano!...