A nadie le extrañó que Diego se hubiese aparecido en su casita, ni que se encerrase á escribir tenazmente, ó á pasear á lo largo de la estancia horas enteras, sin dejar su retiro más que para hacer la diaria visita á la señora del palacio.

La zafia sirviente del poeta contó que el señorito había llegado en el tren de la noche, sin preguntar por la señora ni por el nene, porque sabría, sin duda, que no estaban en casa... Contó que apenas comía el caballero, que hablaba solo y que le daba gran tarea á la pluma.

Para Tristán fué una sorpresa alegre la de ver á su padre una mañana en el balcón, gozando con el asombro de los dos amiguitos, que corrieron á abrazarle.

Con el franco egoísmo de la infancia, el niño dijo al hombre:

—¿Me traes un caballo?

—No pude... Estaban las tiendas cerradas cuando vine...

—¿Y los versos?

—¡Ah! sí, traigo muchos, para ti y para Lali.

—Versos—dijo la niña charlatana—son unos regloncitos chiquitines que «caen» bien unos con otros... Son cantares.

—Sí—repitió Tristán con maravilla—; son cantares, y valen el dinero... lo ha dicho tu mamá.