Villamor escuchaba embelesado el gracioso palique de los nenes, y un tierno gozo le inundaba, viéndolos tan unidos en la gloria envidiable de la inocencia.
Sin el ropaje de los disimulos siguió Tristán diciendo sus antojos:
—Papaíto; yo no quiero quedarme en esta casa; vente tú al palacio también, porque mamá se ha ido no sé á dónde...
—Donde está mi papá—saltó la niña resolviendo el problema fácilmente.
Diego endulzó una sonrisa muy amarga besando á los pequeños, y les dijo que él se estaría solo y ellos juntos con la mamá de Lali; que le irían á ver los dos á cada rato, y que todas las tardes les llevaría á paseo y les haría una visita.
Se quedaron conformes los chiquillos, y cumplieron por su parte el programa de tal modo, que á cada media hora gritaban á la puerta del despacho: Abre, que una mariposa se nos muere; á ver si tú la curas... Que nos cuentes un cuento... Que nos hagas un cantar... Mira, traemos flores...
Algunas veces encontraban al artista con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Lloras?—le dijo Lali en una ocasión.
Y Tristán, conmovido, saltó á los brazos de su padre, murmurando:
—No llores, que ya te quiero mucho.