—¿Y antes no?—preguntó Villamor entre caricias.
—Antes... poco.
—¿Desde cuando me quieres?
Encarnado y confuso balbuceó el niño con elocuente verdad:
—Desde que la madre de «ésta» me ha dicho que eras bueno...
Lali, absorta, miraba aquella escena con sus pupilas de oro dilatadas en una compasión profunda. Le daba mucha lástima aquel señor tan triste, que la besaba siempre en los ojos con unos besos cálidos y dulces, largos, largos... suavísimos. Y el poeta, prendado de la niña, gozaba sobrehumanas emociones cada vez que la luz de aquellos ojos entraba en su conciencia, refrigerante y pura, como el sol de los cielos...
Acosado por un tropel de ideas inefables y ardientes, Villamor quería condensarlas en renglones felices, en estrofas de gallardía inmortal, centella de perenne fuego eternizado en el arte con romántica lumbre de pasión. Quiso poner su alma, deshecha en tempestad, bajo la pluma, y estrujarla encima del papel, y dejarla en un canto á María ardiendo para siempre con llamas de gloria inextinguible en el amor infinito. En sus horas de emoción solitaria, le parecía que todo el universo vibrase dentro de él, y se quedaba en éxtasis, sin hallar más digna elocuencia que la del llanto; sus nervios, como el cordaje de una lira inmensa, se estremecían temblorosos, y las sensaciones le envolvían en olas de luz, de música y de color. Mas en aquellos instantes de plenitud vital y estética, no lograba arrancar al corazón sus secretos mejores; torpe la pluma, remisa la palabra, encarcelados los pensamientos en la exaltación sentimental, caía el poeta en frenesíes morales, en accesos de tristeza y de lágrimas, que le llevaron al dintel de la locura. Entre sus montones de cuartillas rotas en aquel tiempo, sólo alguna por azar quedó en olvido, menospreciada por la desesperación del hombre artista, que no acertó á verter en ellas el aroma de su alma.