Arbolada como el mar estaba la quinta; parecía que la borrasca de las olas alcanzase al salón, á la terraza, al jardín ya marchito y al parque derrotado por el otoño. Bajo la rasgadura de la fronda, paseábase Rafael nervioso y ceñudo, pisando con cruel complacencia la crujiente hojarasca. El marqués buscaba inútilmente á su hijo por los aposentos de la quinta.

—¡Rafael... Rafaelito!—iba diciendo—¿En dónde estás, muchacho?... Todo se arreglará, no te disgustes. Estas son nubecillas familiares, caprichos de mujeres...

Abría don Agustín las puertas, atravesaba las estancias, y su acento, sonoro y reposado, se apagaba entre muebles y cortinas, tapices y molduras. Al final de su inútil excursión, una vidriera del piso bajo le permitió ver, peregrina en el parque, la ruin catadura de su hijo. Fuése el prócer hacia su heredero con prontitud conciliadora y grata, y en paternales tonos, un poco altisonantes y campanudos, le habló de transigir con sus deseos de matrimonio; él había hecho las veces, en obsequio suyo, cerca de las señoras, encaprichadas contra Luisa Ramírez... Las bodas por amor, eran siempre un asunto poético y hermoso, digno de simpatía; por eso, como padre y como romántico, apadrinaba don Agustín los ideales amores de Isabel y Galán...

Nada, nada: dos casamientos «altruístas», dos alardes de aristocrática insurrección contra los convencionalismos de alcurnias y talegas, ¡y á ser felices por muchos años!... No olvidaba el marqués aquel adagio de «casa á tu hija como pudieres y á tu hijo como quisieres»; pero él también se casó sin más estímulo que el de una pasión desinteresada, y su felicidad conyugal era un ejemplo elocuente de cuántos premios reciben en el mundo el puro amor y los nobles sentires.

Extendióse Coronado en otras consideraciones sentimentales, y su discurso, cómico-lírico, tuvo el don de plegar con difícil sonrisa el gesto bravo de Rafael. El padre fué diciendo que Isabelita, como enamorada, habíase puesto de parte del hermano, en defensa de su boda con Luisa; y que, siendo ya dos en apoyarle contra el parecer de Benigna y la marquesa, iban ellas cediendo en su oposición, y ya querían paces francas y prontas con el predilecto...

Todo se arreglaría; las señoras, ya avanzado el otoño y desapacible la playa, volverían á Madrid inmediatamente, y él se quedaba acompañando al novio en un hotel de la ciudad para prevenir con solícito interés todos los menesteres de la boda, á la cual, en el día señalado, vendrían la marquesa y las niñas; luego, todos asistirían cordialmente á los desposorios de Isabel, en la corte...

Para que no viajaran solitas las señoras, López, «el buen López», el amigo constante y bondadoso, se prestaba con gusto á acompañarlas; quedaríase con ellas unos días, hasta la fecha de la boda, y en ambos viajes les sería muy útil su compañía... ¿Eh?... ¿Qué tal?...—interrogaba don Agustín muy satisfecho, en triunfo de proyectos y soluciones. Rafaelito mordíase los labios, entre compadecido y burlón, y el marqués se le llevó del brazo hacia la casa, donde fué recibido el heredero con caricias de la mamá y mimos de las niñas... De Isabel sobre todo, que, hacía un rato, oyera del furor de Rafael una amenaza:

—Si tú sigues conspirando contra mi casamiento, yo desbarato el tuyo en diez minutos... Hablaré á papá de tal modo, que, por cándido y ciego que sea, se opondrá á que te cases con ese...

—Comprendido—interrumpió la avisada señorita; suprime los epítetos, hermano, y cuenta con mi apoyo... y tranquilízate; nos casaremos los dos muy pronto... ¡Ya lo creo!...

Isabel y Benigna conferenciaron después de la amenaza de Rafael; luego, las dos, se encerraron con su madre en una discusión agria y triste, y, por fin, la marquesa, llamando á su esposo á un coloquio trascendental, le despidió al instante hecho una malva, ufano en su papel conciliador en busca del terco Rafaelito, que impusiera ya definitivamente su resolución de casarse con Luisa Ramírez sin tardar más de un mes...