Aplacada aquella tormenta familiar, muda la casa en crisis de descanso, todos los gritos que se oían eran del viento y de las olas, y del ropaje roto de los árboles.
Pero en la terraza de la quinta estallaba otra tempestad, asomándose á los ojos profundos de una mujer. Ascuas y tinieblas, relámpagos y huracanes, pasaban por aquellos endrinos ojos que miraban desafiadores la intumescencia del mar en su pujante bravura. Olas más crueles que aquellas del Cantábrico furioso, se deshacían verberantes en el corazón de Eva.
La curiosidad aciaga, y el despecho que la empujaron hacia la quinta, en castigo implacable se tornaron, porque Gracián, engreído como nunca en vanaglorias del rendimiento de ella, la utilizó como estímulo para lograr á la condesita, y cuando la de Manrique se marchó á Vichy, segura de no encontrar marido en Las Palmeras, él quiso hacer una pública ostentación de la supuesta conquista, acompañándola en el viaje, olvidado de cuanto no fuése aquel empeño altivo en afirmar su fortuna de tenorio. Con la humillante ofensa de Gracián coincidió para Eva una carta de María, dando buenas noticias de la salud del niño y añadiendo que, «aunque estaba allí Villamor, ella tenía mucho gusto en retener al nene á su lado». Aquel regreso, sin aviso ni explicación, fué para Eva un asombro más en la extraña conducta que á Diego atribuía. Por primera vez se le ocurrió que su marido, despreciándola en realidad, se había marchado en un momento de hastío, y regresaba á disfrutar del valle aprovechando la ausencia de la menospreciada... Era cierto, entonces, que ya ella no inspirase cariño ni admiración, que ya no tuviese poder sobre alma ninguna...; que el abandono y la soledad la ponían sitio con incansable ardid... De nuevo padeció el terror de la llanura solitaria, el indómito espanto del desierto sin orillas, sendas tortuosas y estériles donde la fatalidad la empujaba, sola y pobre, sin juventud y sin belleza, sin poder asirse ni á su propio corazón, que, callado y cobarde, parecía muerto... El pálido rostro de Tristanito cruzó por su memoria vivamente, como estrella fugaz en noche oscura. Al recuerdo del nene, irguióse Eva con indomable orgullo, poniendo enfrente de su gesto bravo la imagen dulce y bella de una niña.
—Me le quieren quitar—rugió sañuda—; es Lali que le lleva á su casa, que le tiene hechizado y me le roba... ¡la quiere más que á mí!... Un maretazo fiero de pasiones agitó á la mujer atormentada por su propia ruindad. Contemplando al Cantábrico en borrasca, á las flores en derrota, y aislada su existencia, sin consuelo ni rumbo, llegó á pensar, obsesa en sus espantos, que Tristán, su único tesoro, padecía un secuestro maléfico en poder de un hada diminuta con los ojos de sol, las mejillas de rosas, y la risa arpada; una hechicera, de nombre Lali, carne de la mujer feliz á quien todos los halagos del mundo le pintaron un cielo en los ojos de ardiente azul...
Eva quiso volver al valle inmediatamente. Habiendo prolongado su estancia en Las Palmeras muchos más días de lo que se propuso, parecía demasiado significativo su deseo de marchar tan pronto como Gracián lo hiciese; pero la llegada de su esposo la sirvió de justificante en la repentina determinación. Nadie la detuvo, porque la vuelta á Madrid revolvía ya la casa de los marqueses en ajetreo formidable. En aquel regocijo entraba López, frotándose las manos y mascullando el glorioso «perfectamente» que hizo época en las crónicas galantes de la playa...
Prendido en las pálidas nieblas de la costa, el Cantábrico, en furia, se despedía á grandes voces de aquella caravana de viajeros. Gritos, sollozos, ventadas, salivazos, una acusanza dura y arrogante mandaba á la ribera la tempestad marina... No de otra suerte, en salmos inmortales, nos cuenta el Evangelio que al pueblo escandaloso:—Avergüénzate, ¡oh Sidón!—le dijo el mar...
XIX
Tristanito tenía mucha fiebre y una gran cobardía en la mirada. Hubiérase dicho que no quería abrir los ojos á la luz, desde la hora en que oyó á sus padres hablarse con palabras durísimas y crueles, lo mismo que en Madrid hacía tiempo, igual que en otras ocasiones inolvidables para el niño... Fué en la tarde que Eva llegó; fué en aquella salita blanca y alegre donde Diego escribía y paseaba, donde Tristán y Lali trenzaron juncos y margaritas para fabricar coronas, alzando con su charla infantil castillos maravillosos, bajo la acariciante mirada del poeta...