—Si lo fuera... un milagro tal vez le salvaría.

Se estrecharon la mano los dos hombres, en un silencio grave y aflictivo, y el médico se alejó muy despacio en su potro consunto y valiente, de heroica traza.

Al volver Villamor al aposento de Tristán, Eva miróle interrogante, y en la pavidez de su esposo leyó el temible diagnóstico. Poseída de una zozobra inmensa, acobardó los ojos en el suelo, y con la voz tan blanda como nunca, balbució:

—Voy á prevenir todo lo necesario...

Quedóse el padre al lado de la cama donde el ángel amado padecía, y la mujer huyó ciega de ansiedad, pareciéndole insufrible la idea de volver cerca del niño á contemplarle inerte y estuoso, con los ojos cerrados como un muerto y la amenaza inexorable encima de la frente pura... Dió vueltas como loca por la casa; quiso en vano llorar, buscando una oración inútilmente. Llegó al despacho, y halló sobre el sofá juncos lacios y flores praderosas, muertas aquella noche en las redes de una coronita humilde. El hallazgo causóle un miedo supersticioso; floja y vacilante, se fué á sentar al lado de la mesa, y con las manos impacientes y frías se puso á revolver en los papeles y á escudriñar los libros. Entre pliegos en blanco, tropezaron sus ojos unos versos, sin principio ni fin, rimas truncadas. Y leyó con asombro de locura este hilván de renglones:

Mi destino eres tú. Yo te quería

desde antes de nacer; yo te soñaba

desde el remoto cielo donde moran,

sin cuerpo todavía, nuestras almas.

Fueron tus ojos candelitas de oro