clavel ni pasionaria

de viejo epistolario ó cancionero

que guarde entre sus páginas

aroma tan sutil como el aroma

de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas.

Trepidaba en las manos de Eva la cuartilla donde Diego escribió estas estrofas sentimentales y sinceras, inútiles al parecer, pues que holgaban en descuido, con una cruz de lápiz rojo atravesada en el pliego hasta las cuatro puntas. La imaginación de la curiosa giraba con ímpetu, ajena á todo lo que no fuése buscar la musa de aquel canto... No daba con ella... No existiría. Era, sin duda, una imagen de poeta. Diego, retraído, casi huraño con las mujeres, acaso no sabía amarlas más que en sus coplas, en sus delirios de artista... No. Diego no tenía pasiones violentas, ni antojos verdaderos... Era un anormal, un iluso, un soñador...

Pero los versos dolían en la memoria de Eva como un rasguño cruel. Mirando la cuartilla, salpicada con la letra menuda de su esposo, parecíale cada frase un grano de simiente que otra mujer feliz recogería en cosecha de flores inmortales... Las líneas rojas, tendidas en el pliego, eran un arañazo que sangraba... Sospechosa de análogos encuentros, siguió doblando libros y cuartillas con febril impaciencia. Halló notas, renglones inseguros, cárcel de altas ideas temblando como chispas de luz sobre la nieve ingrata del papel; y al cabo de su audaz inspección, halló un soneto, colocado á manera de registro entre versos de Fray Luis. Leyó con avidez:

Amor que en lo infinito se asegura

y en la callada eternidad se enciende,

es una noble llama, que trasciende