—¡Vivir sin vida; errar muerto por el mundo!...

Y fué retrocediendo como si huyera de una visión temerosa; la visión de un camino, solitario y adverso, donde jamás llegase á arrancarle á la dicha un brote sano y dulce... Quedó frente á María, al otro lado de la cama del niño, en medio de dos hacheros que custodiaban el cadáver.

Albeaba en la cima de los montes, y una liviana claridad de aurora, luchando con la luz parpadeante de los cirios, daba al aposento extraños tintes de fantástica nube... ¡Aquel recinto de paredes blancas á medio iluminar, por resplandores de misterio y de pena..., aquel niño de mármol que dormía..., aquella mujer hermosa que lloraba!... Diego sintióse desasido del mundo en un instante de sagrada emoción. Ya todo en él fué espíritu, fué anhelo de sacrificio y de virtud, afanes de eternidad y de gloria infinita.

María, transfigurada en lucha de arrebatados sentimientos, se acercó al poeta tendiéndole las manos. Él las tomó entre las suyas por encima del cuerpo de Tristán; estaban frías, mostraban una mística trasparencia de idealidad. Ardían las de Diego, y aquella carne de alabastro que acariciaba en el niño y en la mujer, le produjo un temblor de muerte. Otra vez acobardóse de pena el corazón del hombre, y María, que le sintió temblar como una hoja, prometió en voz de rezo:

—Te guardaré fidelidad como si fueras mi esposo adorado... Siempre, siempre serás tú mi elegido... No estarás solo; mi corazón se va enlazado al tuyo... Pero, júrame que vivirás hasta que Dios te llame.

—Viviré—murmuró el poeta—te lo juro por mi alma que te ha de seguir como una sombra atormentada y dolorida.

—No; como un consuelo; como una promesa de celeste felicidad...

—Y entretanto, hasta que lleguemos al umbral de la eterna ventura ¿se besarán nuestras almas á todas horas, con labios de estrellas y de brisas, de flores y de versos?...

Las místicas manos de la mujer latieron como alas de paloma entre las manos varoniles... Ya bajaba el día por la sierra. Vibraron lentamente unas campanadas, y como si el reloj tuviese un toque despavorido y alarmante, Diego y María se separaron con un sacudimiento brusco y terrible. La cama de Tristán tembló al contacto de los cuerpos que huían, y la luz de los cirios alzóse en lenguas fragorosas, con lívido fulgor.

María, desolada, iba diciendo.