—¿Una prueba?... Cumplida la tendrás dentro de poco, porque voy á morir...
—¡No!—gritó ella, blanca como Tristán, loca de espanto—, necesito que vivas; te lo ruego...
—Vivir muriendo á cada instante cruel de la existencia... Vivir sin esperanza de lograrte... ¿Eso me pides tú?
Transida de dolor:
—Eso te pido—balbució la infeliz.
Y Diego, sordamente interrogaba:
—¿Qué me ofreces en pago de una vida colmada de amargura?
—Te ofrezco otra vida semejante: la mía—gimió ella, desolada y humilde.
Condolido de aquella pena santa y valerosa, humillado por aquel sufrimiento heroico, el artista rindióse una vez más á la sugestión invencible que en su alma ejercía aquella mujer.
Vaciló al repetir: