A orilla de aquel lecho donde el ángel quebrantó sus prisiones, un gran amor de dos almas buenas tuvo el postrer coloquio.

Mientras Eva, rendida de cansancio, se dormía en lejano aposento, María, infatigable en sus obras de compasión, con el auxilio complaciente de Rosa, vistió á Tristán por última vez y compuso su lecho de reposo con los improvisados ornamentos que en las arcas del palacio se pudieron hallar.

El poeta, sumido en profunda meditación, se paseaba desde su despacho hasta la estancia mortuoria, con la frente caída y los brazos cruzados sobre el pecho. Consideraba imposible su vida sin que un deber sagrado le encadenase á la tierra, y se dejaba seducir por las tentaciones del descanso final, del plácido sosiego del sepulcro, que rompiendo el arcano de las almas le abriese el camino sin fin donde el amor y la felicidad son eternos hermanos, á la sombra de Dios.

La humana pesadumbre le vencía; el dolor, ahora, le causaba una inquietud ardiente, un desasosiego que le obligaba á dar vueltas como si buscase el cansancio para caer en la tumba más á gusto, rendido de sueño y de fatiga, en supremo olvido de todos los pesares. En aquella andariega ansiedad, deteníase á menudo, contemplando el rígido perfil de Tristanito, acariciado por las piadosas manos de María.

Terminada su fúnebre tarea, replegóse la señora hacia la ventana, y en ella se apoyó, muda y doliente.

Discreta entonces Rosita, fué á reunirse con otras criadas del palacio, que velaban por orden de María, y que en el portal y en los pasillos formaban callados grupos con algunas aldeanas serviciales.

Con rápida resolución cerró Diego la puerta de la cámara triste, y acercóse á su amada, que le acogió con adivinadora impaciencia. Él, con acento opaco, alzó un murmullo que dijo:

—Ya nada me detiene... Sólo el niño tiraba débilmente de mi vida...

Sin dejarle acabar, medrosa la dama y suplicante, murmuró:

—Quiero una prueba, una prueba del amor que me has revelado.