El mártir, ciego y sordo, gemía sus quejas desesperadas, vivo para el dolor, muerto á una tregua de esperanza ó descanso. Se derretía el hielo en tibia lluvia sobre sus sienes caldeadas por el suplicio, henchidas de punzadas acerbas; y sus gritos imploradores se trocaron en lento borboteo de frases rotas, de llantos y delirios que en suprema fatiga se apagaban; pero el nombre de Lali se quedó estereotipado en su memoria y con mecánico acento le repetía á cada instante. Ya Tristán no era más que un despojo de la vida. La más conmovedora expresión del dolor humano había descompuesto sus facciones, con tan punzante intensidad de pena, que no había quien le mirase sin estallar en sollozos. En aquel trágico soplo de existencia el nombre de la niña, vibrando como un eco inextinguible, parecía una gota de luz, un hilo tenue, de memoria y de amor.

Ya inerte y frío—Lali... Lali...—balbucía el agonizante, con voz del otro mundo. En sus labios, agrietados por los lamentos, quedó impresa la dulce palabra cuando el santo corazón dejó de latir, y el respiro postrero se mojó con las postreras lágrimas en un amago de sonrisa... Fué una noche de Octubre, una noche apacible y romántica de luna. En la pesadumbre del dormitorio abríase la ventana dulcemente sobre el cielo como una quimérica flor de esperanza. Eva y Diego vigilaban al niño, abrumados de angustia. A los pies de la cama María, compadecida y generosa, despidiendo al moribundo, imploraba al Señor un divino consuelo para los tristes padres... Y ya sonó la hora. Un silbo ronco se alzó del pecho exánime del niño, con finales hervores de agonía; rodó en la almohada la lívida cabeza, coronada de rizos nazarenos, y un estremecimiento indefinible separó de la carne perecedera el alma gloriosa reclamada por Dios.

Con la voz consumida clamó Diego:

—¡Ya se fué... ya se fué!...

Y cayó de hinojos, escondiendo el semblante en las revueltas ropas de la cama.

Eva contemplaba el cadáver con terror; sus regaladas manos fueron á cerrarle los ojos y se agitaron en el aire con los dedos mojados en las últimas lágrimas del niño.

Los labios de María, ungidos de sacrosanta piedad, rociaron la estancia de oraciones y consuelos. La música de sus frases se acompasó con la brisa leda que suspiraba en el jardín, mientras que un retazuelo de luna se entró por la ventana á hacerle una caricia al niño muerto.


XXI