—Ven, Lali, corre; quítame esta corona que me aprieta... Estas flores tienen espinas que me han hecho sangre... Mira, ¿lo ves? estoy sangrando... me duele mucho... mucho...
Las manitas, temblonas y cobardes, subían á la frente, y, torpes, se enredaban en los rizos, como garras de cera en un crespón de luto. Quedábase trágico y lastimoso, y en convulsa plegaria repetía:
—Vámonos, Lali; vámonos á que me curen esta herida; llévame á otro camino donde las flores no pinchen; donde los trenes no me pasen por la cabeza... ¡Me están matando!... ¡Me estoy muriendo!... ¡Corre, Lali, por Dios, llévame de aquí!...
Una mañana, cuando Lali fué á verle, madrugadora, él volviendo la cara hacia la voz de la niña preguntó impaciente:
—¿Todavía es de noche?
—Es de día—repuso Lali con asombro—, ¿no ves el sol y el cielo?
Quiso el nene incorporarse, se pasó por los ojos con fatiga las mariposas blancas de sus manos, y con terror insuperable dijo:
—¡No veo!... No te veo Lali; y además no me acuerdo cómo tienes la cara... No digas que hace sol, porque todo está negro... mira... ¡todo!...
Agitaba los brazos en el aire, palpando las tinieblas de su vida, y, al desmayar la frente en la almohada, los rizos en desorden le formaron una aureola de negrura mortal. Sus pupilas sin luz, muertas y turbias, rodaban en la eterna noche... Acudieron á engañarle con ardides piadosos; pero ya ni el amor ni la ciencia eran capaces de aliviar las torturas del inocente. Pronto su oído, paralizado también por aquella muerte calmosa y cruelísima, le negó las palabras de consuelo que el amor le decía. En vano Lali gritaba:
—Tristán... Tristanito, ¿no me conoces? ¿no me quieres?...