Tristán, presa de aguda meningitis, se debatía bajo la garra implacable de la muerte; flagelado por el duro martirio, gritaba con desgarradoras energías; toda su fuerza, su vida toda, se le escapaba en aquellos lamentos, agudos como puñales. Pedía socorro, pedía misericordia; el treno de su voz atormentada, corría por las habitaciones como un soplo de locura doliente, y se lanzaba al jardín agostado, y al huerto en deshoja, y aun llegaba á los campos y al camino, como un eco de espantable agonía.
Hecha pedazos su esperanza, Eva se tapaba los oídos en los rincones de la casa, huyendo de las quejas del mártir.
Entretanto María bañaba su corazón en las penas de Diego, y, con ternura y piedad, cuidaba al niño. También el poeta, romero del dolor, velaba en torno al sentenciado, con inútil afán.
Alejada en lo posible de aquella desoladora escena, supo Lali que su amigo estaba muy malo, y que se iba á marchar al cielo. Muy confusa y pasmada, la chiquilla abrumó á doña Cándida con preguntas: El cielo ¿no era un palacio de seda, con dulces y juguetes y angelines?... ¿Por qué, entonces, Tristán daba tantos gritos y se quejaba así?... ¿No quería irse?... ¿Y por qué le llevaban á la fuerza?... ¿Tendría miedo de ir solo?... Sería menester que ella le acompañara...
Inquieta y reflexiva, Lali espiaba las conversaciones y los sucesos, y escuchaba, temblando, los ayes que rompían el silencio de aquel drama.
Rezaba fervorosa, y la sal de sus lágrimas primeras, en la flor de los labios le amargaba, sazonando su sonrisa... Algunas veces, lograba penetrar en el cuarto del enfermo; asomaba los rizos y los ojos en el barandaje de la cama, y quedábase absorta en el espanto de aquella dolencia cruel. Su madre, acariciándola, permitía que besara á Tristán en una mano, para no molestarle; y Diego, dulcemente, la sacaba de la habitación, compadecido del dolor angustioso de la niña.
Mientras Tristán conservó el conocimiento, sólo el nombre de Lali le decidió á levantar el plomo de sus párpados ardientes. Trataba de mirarla y de sonreir, y tendía hacia ella las manos, con afanes devotos. Era menester llamarla para lograr que el niño tomase las medicinas y el alimento; la sentaban al borde de la cama, y la voz cariciosa de la nena, con música de llanto y de piedad, musitaba la petición:
—Toma esto, Tristanito; tómalo para sanar pronto y que juguemos juntos.
Y, dócil á la instancia insinuante, el enfermo desplegaba sus descoloridos labios para tomar todo cuanto le diesen.
Luego empezó á perder la vista y la memoria. Con breves intervalos de sopor, el ángel herido se retorcía en violentas convulsiones, y con temblorosos acentos suplicaba: